Reproducción del artículo publicado en la revista Barcelona Metròpolis 104 (junio 2017)

Por Mireia Estrada Gelabert, cofundadora y directora de Jiwar Creació i Societat

Una reivindicación artística de los valores de la vecindad

Desde hace cinco años, artistas de culturas muy diversas han pasado por la Associació Jiwar –el término jiwar significa “vecindades” en árabe. Es el motor de un proyecto que reivindica la creación artística como herramienta de transformación y reflexión sobre la ciudad.

Foto: César Cid / Jiwar

Sesión de trabajo en el jardín de Jiwar con las artistas del proyecto Xabaca.
Foto: César Cid / Jiwar

Cuando un día de mayo de 2014 la poeta neoyorkina Sharon Dolin tomó, por curiosidad, un libro de la biblioteca de Jiwar, Six Catalan Poets, y quedó conmovida por la lectura de los poemas de Gemma Gorga, nació la colaboración entre las dos poetas –hasta entonces unas desconocidas una para la otra– y se realizó un proyecto de traducción al inglés del poemario Llibre dels minuts, que culminó con el premio de traducción PEN/Heim americano en 2016. No sucedió en una feria literaria, en una universidad, en una lectura poética o en un encuentro institucional, sino en una residencia de artistas y vivero de creación que, desde hace cinco años, trabaja para crear conexiones entre artistas de todo el mundo y la ciudad que nos acoge, Barcelona.

Jiwar significa “vecindades” en árabe; este es el motor, la sustancia primera de un proyecto que reivindica la creación artística como herramienta de transformación y reflexión sobre la ciudad, y también como nueva posibilidad de relacionarse uno mismo con ella. Artistas de culturas muy diversas han pasado por él durante este tiempo con proyectos que, en gran medida, no habrían sido posibles sin la interlocución con las personas que hacemos la ciudad: el testimonio de los vecinos y las vecinas mayores del barrio para trabajar en una novela ambientada en el año 1937 (Fernando Grajeda, Guatemala, 2013), el relato personal de artistas refugiados para un trabajo expositivo (Esther Belvis Pons, Barcelona, 2015), compartir los espacios cotidianos más emblemáticos y dejarse fotografiar en ellos (Andrei Farcasanu, Rumanía, 2013), desvelar las experiencias comunitarias e individuales que se dan en los huertos urbanos  (Wil Weldon, EE.UU., 2014) o el testimonio íntimo y políticamente incorrecto de madres de todo tipo (Deema Shahin, Jordania, 2015), etc. El balance de formatos, indagaciones, investigaciones y colaboraciones es, en estos momentos, de una diversidad y una riqueza más que considerables.

Si bien el proyecto Jiwar se posiciona, per se, en la militancia a favor de una ciudad abierta e intercultural, sería quizás el proyecto “Construint veïnatges” [Construyendo vecindades] el que nos sitúa más en un espacio de reivindicación en la línea de la bien encontrada expresión “compartir la ciudad” que ha empleado en diversas ocasiones la pensadora Marina Garcés. El proyecto nació en 2013, en el primer año de convenio con la fundación sudafricana Africa Centre, en cuyo marco Jiwar (y otros siete espacios de creación y residencias de todo el mundo) acogemos anualmente en residencia a un o una artista de África, de cualquier país y de cualquier disciplina, previo proceso de selección internacional.

La cantante palestina Haya Zaatri en la residencia artística Jiwar. Foto: César Cid / Jiwar

Fotografía participativa

En aquel primer año de colaboración con Africa Centre, la elegida fue la antropóloga y fotógrafa sudafricana Sydelle Willow Smith, que presentaba el proyecto “Construint veïnatges” (“Making neighbourhood”, en inglés). Este proyecto gira en torno a un trabajo de fotografía participativa con personas procedentes de diferentes países africanos, cada una con una historia personal, una situación administrativa y una cotidianidad bien diversas. Los participantes dieron la visión de su ciudad a partir de máquinas de fotografiar de un solo uso que Sydelle les proporcionó. Ella, a su vez, hacía un seguimiento de estas personas, de donde surgió un vídeo, Veïns, que intentaba plasmar la diversidad africana y la experiencia de vida de sus protagonistas en un contexto social muy diferente al suyo originario. Así se desvelaron situaciones muy duras de precariedad e incertidumbre, pero también experiencias positivas, sin caer en tópicos.

La propuesta de Sydelle fue un revulsivo y Jiwar se apropió del nombre del proyecto, con su permiso, para titular una convocatoria anual en que se solicita a los artistas un proyecto propio con los valores de la vecindad como tema central de investigación. Desde entonces, gracias al apoyo de Barcelona Interculturalitat, “Construint veïnatges” es, pues, una reflexión sobre las formas de ser y de estar en una ciudad. Es una excavación de la vecindad, entendida como un espacio privilegiado y necesario, solo posible a través de la interacción entre iguales. Por eso no solo transforma a los artistas que lideran los proyectos, sino también a las personas que participan, ya que nos permite relatar la propia experiencia desde perspectivas insólitas e inauditas, lo que nos empuja a hacer una reflexión crítica y creativa sobre la realidad compleja que supone compartir la ciudad.

No es este el lugar para explicar los proyectos que se han desarrollado durante estos años, pero vale la pena insistir en lo que los posibilita: la interlocución con el tejido humano y social. Así, pues, el artista y curador Thomas Strickland (Canadá, edición de 2013), autor de “Transicions”, trabajó con la diáspora LGBT en Barcelona, personas que han tenido que huir de su país de origen debido a su sexualidad, sean o no reconocidas oficialmente como personas refugiadas. A partir de un proceso participativo se establecía una relación de confianza a través de diferentes encuentros y paseos por su ciudad y se iniciaba un testimonio guiado por las dinámicas propuestas por Strickland: una carta al país de origen, una carta a la ciudad de acogida y una fotografía de la mano de la persona protagonista en un lugar emblemático. El proyecto no habría sido posible sin la plena colaboración de ACATHI.

Igualmente, la variedad de mujeres que participaron en  “Home is Where Mom is” (“Mi hogar está donde está mi madre”), de Deema Shahin (Jordania, edición de 2014), se entiende por la diversidad de puertas a las que llamamos y que generosamente se nos abrieron, como por ejemplo la PAH o el Casal de Gent Gran del barrio de Gràcia. Es, pues, la riqueza de perfiles y orígenes de los artistas y también la diversidad de propuestas, sinergias y personas las que dan sentido y riqueza no solo a “Construint veïnatges”, sino también a Jiwar como espacio de experimentación e intercambio.

Y los artistas, ¿qué se llevan? Más allá de la experiencia, que es lo primordial, cada cual trata la materia creativa sin prisas, según sean su interés y su proyecto. Somos conscientes de la responsabilidad que tenemos de romper con una visión estereotipada de la ciudad, dando la oportunidad a escritores, músicos, artistas visuales, cineastas, etc., de conocer e interactuar con esa otra Barcelona, la que late oculta por capas y capas de maquillaje de mal gusto. Gracias a ellos y ellas también hemos podido entrever fisuras dolorosas poco conocidas para nosotros. Reivindicamos, pues, este diálogo global – local como una manera de vivir y ver la ciudad en que vivimos. La interacción, ya se sabe, es un buen remedio contra el prejuicio.

Foto: Txumari Ezpeleta / Jiwar

Performance fotográfica de la sudafricana Khanysile Mbongwa, galardonada con la beca Africa Centre 2014.
Foto: Txumari Ezpeleta / Jiwar

154 artistas de 43 países

Durante estos cinco años y medio de actividad han pasado por Jiwar 154 artistas de 43 países diferentes. La experiencia ha sido muy positiva y solo en contados momentos se han dado ciertas tensiones, que siempre se han podido solucionar. La diversidad de orígenes se debe también a nuestro interés por acoger el máximo número de artistas de imaginario no occidental y por dar oportunidades a personas de países menos beneficiados por las políticas culturales o con pocos recursos: Turquía, Egipto, Irak, Perú, Irán, Chile, México, Palestina, Georgia, Líbano, Sudán, Etiopia, Uganda… El enclave geográfico nos lleva a tener un interés especial en los artistas de las dos riberas del Mediterráneo y en Oriente Medio, vecindades históricas y culturales indiscutibles y expuestas a un enfoque mediático sesgado que pervierte la complejidad de sus realidades y eclipsa sus talentos humanos, especialmente los artísticos.

En este sentido, el proyecto Xabaca, desarrollado conjuntamente con la Fundación Novact y la Fundación Al Fanar, ha iniciado una línea interesante de trabajo acogiendo en residencia a cinco mujeres artistas de países árabes en una iniciativa contra la censura y la autocensura creativa en contextos diversos.

La experiencia vivida acompañando los primeros meses de exilio de la performer afgana Kubra Khademi; las colaboraciones con el programa Escritor Acogido, del PEN catalán, y  con el programa The Artist Protection Fund, del Institute for International Education de Nueva York, han abierto una nueva línea de trabajo en la que creemos: la acogida y acompañamiento a artistas en situación de riesgo. Una vez más, la agenda internacional se impone y no podemos dejar de trabajar en nuestro medio sin vernos proyectados en el terrible espejo del mundo de hoy. Por nuestra parte, seguiremos avanzando poco a poco para que Jiwar sea un espacio de luz, un enclave creativo atento al mundo y al entorno.

Foto: Shah Marai / AFP / Getty Images

Kubra Khademi con la coraza de hierro con que se paseó por el centro de Kabul el 26 de febrero de 2015 para denunciar la situación de la mujer.
Foto: Shah Marai / AFP / Getty Images

Una performance con riesgo de muerte

En marzo de 2015 acogimos en residencia a la periodista afgana Mariam Mana en su primera estancia fuera de Asia. Fue una experiencia emocionante y muy enriquecedora. Mariam vino con todo lo que representa hoy ser mujer en Afganistán, y con la terrible experiencia que había vivido poco antes acogiendo de incógnito y bajo peligro de muerte a su amiga artista Kubra Khademi, que había hecho una performance paseando por el centro de Kabul con una coraza de hierro que reproducía las formas del cuerpo de la mujer, para reivindicar un lugar en el espacio público sin agresiones ni impunidad. El paseo solo duró ocho minutos. El acoso era tal que Kubra tuvo que huir saltando literalmente dentro de un taxi que la llevó hasta casa de Mariam, en las afueras de la ciudad. No paró de recibir amenazas de muerte. De allí pasó a otros escondites y, tras el linchamiento en público en el centro de Kabul de la joven Farkhunda, la embajada de Francia le dio, deprisa y corriendo, un visado de turista para que huyera del país.

Kubra llegó a París sin tener ningún contacto en Europa. Una red informal de espacios de residencia y proyectos independientes hizo lo posible por acogerla en Cataluña: primero en el Ampurdán, en Les Escaules (Festival de Poesia d’Acció i Performance La Muga Caula); después en Nau Côclea (Camallera) y, por último, en Jiwar. Esta primera experiencia permitió iniciar una serie de contactos que se están consolidando con el fin de establecer un programa permanente de acogida a artistas en riesgo, en la línea de otros proyectos que ya funcionan por todo el mundo.

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